Cuando iba en el colegio, y aún daban El club de los tigritos en las
tardes, tenía un grupo de amigas muy locas y bonitas. Todas con gustos extraños
y personalidades curiosas. Con el tiempo, y su ajetreo, algunas desaparecieron
y otras perduraron. Una de ellas: la más alta, la más flaca y la más potona,
estaba obsesionada con una serie de monitos chinos que tenían las patas muy
largas, según yo. Después de clases
corría a su casa (o la casa de quien fuera) para ver Marmalade boy. En los 25 minutos, aproximadamente, que duraba el
anime, mi amiga dejaba ver en ella distintos síntomas de locura. Hablaba sola. Lloraba.
Pataleaba y maldecía a un tal Yu y Yinta. Yo la miraba con cara de tristeza y preocupación.
Nunca entendí el gusto de ella por la
serie. Me convencí que era la edad del pavo la explicación de su extraña
obsesión otaku adolescente. Pero no
fue hasta ahora, muchos años después, que entendí el vínculo de mi amiga con La familia crece. Por alguna extraña razón decidí comenzar a
verla. La busqué y, para mi suerte, encontré todos los capítulos en youtube. Desde un principio enganché y
comenzó mi regreso a la pubertad. Las desdichas amorosas de la protagonista me
llegaron al corazón y no precisamente porque me sentí identificada. Presumo que
el SPM fue responsable de esa parte.
El anime japonés conocido en Chile
como Marmalade boy: La familia crece,
está basado en un manga (historietas japonesas) creado por Wataru Yoshizumi en
1992. La protagonista de la historia es Miki Koishikawa. Una chiquilla de 16
que anda con las hormonas a flor de piel por no decir vueltas locas, porque
suena feo y no es tan así. El drama comienza cuando los papás de Miki deciden
divorciarse y vivir con sus nuevos pololos (que también eran un matrimonio). Miki
se cambia a una casa más grande junto a sus papás, sus parejas y su hijo
Yu, con el que Miki tiene un idilio amoroso y cambia a su antiguo amor Yinta.
Ya voy en el capítulo 20 y algo y he
sido muy feliz. La trama es muy simple en comparación con otros animes más
modernos, pero a pesar de ello se destaca, como siempre, la inmensa creatividad
de los japoneses para inventar historias de amor que se alejan de lo
convencional.
Su estética fue lo que más me sedujo
y conquistó. Los tonos pasteles, la ropa noventera, y las típicas cositas kawaiii muy de nenas se han ganado mi
corazón estas vacaciones.
A pesar de que odio, con todas mis fuerzas, cuando Miki
arranca frente a cualquier situación complicada de la vida y me dan ganas de
cachetearla, recomiendo ver esta serie a
pata suelta en estas noches de verano. El doblaje es pésimo, pero todo lo demás
es hermoso y los hará sentirse unos otakus amorosos y muy kawaiii.
¡Les dejo el del primer capitulo! ♥
Con amor otaku, Camila ♥





Yo veía ese animé y hartos más jajaj, mi infancia fue super otaku kawaii XDDD.
ResponderEliminarLa veré nuevamente jiji
Un abrazo c:
Yo ya estoy por terminarla y tengo tanta tristeza qué no sé qué haré de mi vida jajaja. Besos!
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